
Por Natalia Herrera
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Antes que nada, propongo el recuento de un evento histórico: El emperador Mohammed Reza Pahlevi ocupó el trono de su padre el 16 de septiembre de 1941. Y desde entonces disparó y democratizó, encarceló e indultó, amenazó y elogió. Todo en vano. El 16 de enero de 1979 estalló la revolución, entre otras, porque el sha creó un sistema que era capaz de defenderse a si mismo y totalmente incapaz de satisfacer las necesidades de su pueblo.
Hoy después de 29 años de ese estallido enardecido, los barrios harapientos siguen contrastando con las villas de jardín y piscina, que pueblan la acomodada parte norte. El 20% de los iraníes concentran el 50% de los ingresos, mientras que el 20% menos afortunado se reparte el 5,85%, según ha publicado el semanario Sobhe Eqtesad. A pesar de las promesas hechas por el imán Jomeini en todos estos años de república islámica no se ha logrado redistribuir tanta riqueza.
Ahora con Mahmud Ahmadineyad a la cabeza desde el 2005, la situación no parece más alentadora. Pese a las promesas electorales que lo encaramaron en el poder, como repartir la riqueza del petróleo y mantener los subsidios, la batalla por el programa nuclear en el plano internacional ha eclipsado la totalidad de sus asuntos internos. Las recientes sanciones de la ONU y la política hostil, al menos con EE UU e Israél, se ha traducido en el empobrecimiento del país, gracias a las diferentes sanciones económicas y financieras que ha tenido que asumir. Entre tanto, los iraníes de a pie, que con dificultad llegan a fin de mes, (con una inflación fuera de control) pueden estar pensando que el precio de la tecnología nuclear es muy elevado.
El programa nuclear de Ahmadineyad se parece un poco a La Gran Civilización del sha; un plan que consistió en la compra de armamento y tecnología sofisticada, que por lo demás, sólo produjo enormes perdidas de mercancía y pobreza. Es extraño, aunque Irán es la segunda economía del Medio Oriente; es el segundo productor de petróleo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y tiene las segundas reservas mundiales de gas, el 40 % de su población vive bajo el umbral de pobreza según el PNUD.
Si hablamos en el terreno de los derechos humanos las cosas tampoco han cambiado mucho. Bueno, ya no es la SAVAK -una de las organizaciones policiales más tenebrosas que han existido-, legítimamente constituida en el mandato del sha, encargada de rondar sigilosa y clandestinamente a los iraníes; Tienen razón, pero hoy en día se ven casos igual de aterradores como el de Seyed Medhi Kazemi: un estudiante homosexual iraní de 19 años que pidió sin éxito asilo político en el Reino Unido y que ahora teme por su vida, ya que en abril de 2006, su novio, Parham, fue ejecutado por la policía iraní acusado de sodomía, y ahora quieren enjuiciarlo también a él.
No obstante, hay que reconocer, que en materia de salud Irán ha mejorado en los últimos 20 años. Ha logrado ampliar los servicios preventivos de salud pública, por medio de la creación de una amplia red de Atención Primaria de Salud.
Como resultado de esto, las tasas de mortalidad infantil y de las madres han disminuido de manera considerable, y la esperanza de vida al nacer ha aumentado. La situación de la educación ha mejorado también. Las tasas de alfabetización de la población alcanzaron porcentajes nunca antes imaginados, aunque existen diferencias inmensas entre las distintas provincias de Irán y dentro de ellas.
Este es el lamento de la revolución desencantada que, como lo narra Kapuscinsky en El sha o la desmesura del poder, no puede cambiar las estructuras de inequidad que han marcado la historia de Irán. En cambio, el nuevo poder dictatorial, de dura línea conservadora, aporta más ambición que conocimiento y sigue hasta el día de hoy alimentando el miedo y la miseria.